lunes, mayo 31, 2004

Escribir


Escribir despúes de Cummings es como escribir después de Austwitch: difícil.

Escribir después de tres días de felicidad ininterrumpida, de efluvios alcohólicos deliciosos, reconfortantes resacas en la mejor compañía; resacas servidas sobre la piel deseada, con luz de sol, de sol de primavera de verdad, de la que es "una mano de quizás".

Escribir es un deseo. Más que antes. Mayor que nunca.

Vuelvo a querer dejarlo todo y a escuchar "El ruido del mundo". A llorar mientras lo escribo.

Pero también quiero lo que tengo y puedo: amor, amigos, una buena vida, un estado de salud satisfactorio, una talla grande. Y el último capítulo que llevo escrito:

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Desconozco si lo mío es inseguridad, corrección o buena educación. Pero es tremendo, eso sí lo sé. Es tremendo estar en una sala de urgencias y tratar de ser un buen enfermo, pese al dolor. Es tremendo follar con un prostituto y querer ser un buen cliente, pese a los 80 euros. Me temo que el culpable es mi padre, mi padre que me decía: “hagas lo que hagas en esta vida, trata de ser siempre el mejor en eso.” ¿Hay concurso de pacientes de hospital, de clientes de chulos? ¿Quiénes son los miembros del jurado?

Es un puto colombiano, un chaperillo de Colombia que me dice que se llama Damien, y la voz de Mae West, la voz de la actriz española que doblaba a Mae West, me susurra: “Mmmm, querido, que tu primer chulo se llame Damien es toda una Profecía”. Un casi adolescente con un pollón que no se pone duro, con marcas de pinchazos en las piernas, flaco: una vuelta a los años ochenta; es un contacto sexual con el fantasma transnacionalizado de la Movida madrileña, sin canciones gamberras, pegadizas o cuadros vindicativos de lo kitsch.
Damien me folla, como puede. Mientras se tensa la polla con una mano, con la otra me separa las nalgas y resopla en mi oreja, me llama por el nombre que le dije que era el mío y me folla, más con su corazón (el dedo) que con la polla (fláccida), hasta que le digo que me hace daño y desiste, me da la vuelta, me deja tumbado boca arriba y empieza a masturbarme; muy bien, lento, deprisa, con dos manos, muy profesional, al fin. Ahora ya sé que Damien no ha llegado a ligas superiores, simplemente pajea bien e intenta que la hora que tengo que pagarle a ochenta euros se le haga más corta, más descansada, tratar de hacer que me corra cuando aún quedan veinte minutos para terminar. Pero no. Voy a pagar por una hora de placer o lo que sea, lo que sea que proporcione placer: sus manos en mi polla, saber que soy quien manda, intentar – sin ningún éxito – que tenga una erección o escuchar cómo me llama “Nacho, Nacho” hasta que, a sólo cinco minutos del final de los sesenta contratados, eyaculo sobre su mano y le pido que se la lama y me bese.
Cuando Damien se viste y está a punto de marcharse, mientras cuenta el dinero que le acabo de dar, se fija en una fotografía de Nacho que tengo sobre una estantería: “es lindo,... ¿quién es?” Yo me pongo a su lado, le miro, le sonrío y le contesto: “eso a ti no te importa. No soy de los que andan contándole su vida a las putas. Yo soy un escritor.”

Si en vez de haberse matado al lanzarse desde el quinto, Nacho se hubiera quedado en coma, ahora yo andaría como la tarada de “Rompiendo las olas”. Pero no. Me han cambiado el guión.
Es gratificante tomar las riendas de la propia locura, hacerse con el control de la demencia delirante y dominar a los fantasmas: ¡viva la mala literatura, que para eso está! ¡Gracias Santa Lucía Etxebarría que al fin me enviaste esa señal!
Yo quería escribir una novela y aquí estoy: haciendo body art.

- “Sólo los seres realmente sensibles necesitan pagar para no arriesgarse a sufrir”.
El puto chapero (valga la redundancia), no contento con interrogarme sobre el retrato de Nacho, se atreve a curiosear entre mis libros y al abrir “13,99 euros” (¿cuál, si no?) ha recogido del suelo el pedazo de papel donde anoté esa frase que me gustó tanto, que me ha gustado aún más cuando la he escuchado leída por él. ¿Literatura o vida? ¡Póngame de las dos! ¡Que no falte de nada!

Me despedí de Damien en la puerta con un apretón de manos; nos habríamos dado un beso en los labios si el polvo hubiese sido gratis o me hubiera costado cinco veces más. Pero un polvo de 80 euros no da derecho ni ganas más que a una despedida aséptica, un pacto entre caballeros; mariconadas, las justas.

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