sábado, noviembre 23, 2002

Inferno


Anoche volví a salir. Borracha mamarracha. Esto no puede ser. Me estoy desquitando después de tantos años de matrimonio ejemplar. Me acaba de llamar D. para decirme que se sintió bastante tenso cuando tonteé con la pandilla de skinheads en el bar de Huertas. No me acordaba. Qué horror. La ginebra sacó al macarra que hay en mí. Yo sólo recordaba la escena en la puerta, cuando, en compañía de S., le dije a un muchacho gallego que mi amiga se desnudaba mientras yo le chupaba a él la polla. Qué horror (2). No quiero saber más. Hoy no salgo. Me quedo en casa leyendo y escribiendo. Había quedado para comer con Sweet Rose, pero le mandé un SMS a las ocho de la mañana, en el taxi de vuelta a casa para decirle: Querida, imposible comer. Me acuesto ahora. Muy borracha. Hablamos. Pues bien, cuando me he despertado, a las siete de la tarde y he revisado mi móvil, he descubierto - ¡Qué horror! (y 3) - que me había confundido y se lo había enviado al presidente de mi Comunidad de Vecinos.
Lo dicho. Mejor me quedo en casa.
Voy a seguir leyendo a Strindberg:

El fuego del infierno no es otro que el afán de medro; las potencias despiertan el deseo, y permiten a los condenados obtener el objeto de sus ansias. Pero una vez alcanzada la meta y satisfechos los deseos, todo aparece como carente de valor, ¡y la victoria de nada vale!

August Strindberg, en su libro "Inferno" refiere esta teoría de Swedenborg, de quien Borges afirmó: Voltaire dijo que el hombre más extraordinario que registra la historia fue Carlos XII. Yo diría: quizá el hombre más extraordinario -si es que admitimos esos superlativos- fue el más misterioso de los súbditos de Carlos XII, Emanuel Swedenborg.

Si Swedenborg hubiera salido alguna noche por Chueca, se habría percatado de lo mucho que se parecen el fuego del infierno y un bar gay...

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