martes, enero 28, 2003

Algo sobre mi madre


La primera vez que mi madre decidió ponerle remedio práctico a su soledad, se compró un reloj de pared. Según ella, escuchar las campanadas cada media hora, hace mucha compañía.

Años más tarde, mi madre se compró un Furby, con el que anduvo entusiasmada un par de meses y que a mí me causaba terror. Tenía un aire tan de muñeco diabólico, tan de "hola, me llamo Chucky y quiero ser tu amigo", tan de "Carol Anne, ¡aléjate de la luz! ¡No mires a la luz!", que temí por mamá. Afortunadamente, se aburrió de que un juguete le prestara tanta atención (conozco matrimonios que se rompieron por la misma razón,...)

La semana pasada, mi madre se compró un perro. Una fox terrier blanca y negra que mamá se empeña en tratar como a una hija más. De hecho, cuando me llamó y me dijo "tienes una hermanita", pensé que había adoptado una niña china. Pero no. Era la perra. Que es una monada, todo hay que decirlo.

Cuando le confesé a mi madre que era gay y que F. no era sólo un amigo con quien compartía piso, sino mi novio desde hacía años, ella eludió el tono dramático Estrenos TV y se limitó a mirarme, a decir: "¡Pues qué mal gusto, hijo!". El día que supo que nos habíamos separado, sólo quiso saber si era una decisión tomada para ser más feliz. Le dije que sí.
En ese momento sonaron las tres y media en el reloj del salón y yo pensé en lo buena compañía que sería un reloj de pared.

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