martes, julio 02, 2013

2 de julio de 2013

Regreso en silencio porque creo que me hace falta. Sin más pretensiones que la memoria del diario, de que lo instantáneo no se me haga soluble cada día mientras trabajo. Trabajo todo el tiempo, mirándolo todo, buscándolo todo, atento a lo que pueda pasar para digerirlo, rumiarlo, regurgitarlo a máquina. Atadito a la máquina.

Vuelvo y veo un nuevo género de porno gay que es puro activismo anticapitalista: parejas de muchachos follando en los escenarios de una tienda Ikea francesa. Sobre uno de los sofás de nombre sueco. Encima de una de las camas de nombre sueco. Chicos que follan ante la cámara y convierten en real la simulación para el consumo de las escenografías de Ikea. Que insuflan vida al escenario a través del sexo. A través del sexo comercial. Si no hubiera estado ahí la cámara, si no hubiera pagado 6,99 euros por ver esos vídeos online, entonces sí, entonces se trataría de una acción militante. De este modo es solo porno. Un porno que tendría que perder su esencia mercantil para convertirse en lo que he creído ver.

(Ahora subo y tacho "puro activismo capitalista"). Lo acabo de hacer.

A todo esto, ¿ver porno es trabajar? Sí, si luego escribo sobre ello. ¿Gratis? También. Trabajar gratis es trabajar. Aunque trabajar esté dejando de ser gratis. Yo me entiendo.

¿Ver porno y pajearme a la vez es trabajar? No lo sé.

Mañana más. A lo mejor.

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